Inmortalizando mi vida ordinaria

  • El tiempo de poder ser.

    Una reflexión simple y honesta sobre por qué a veces “no tener tiempo” es no tenernos.

    “No tengo tiempo”.

    Es una de las frases que más escucho cuando alguien dice que quiere hacer algo y no lo hace. ¿Será una excusa, un bloqueo emocional? ¿O quizás… será que, en el fondo, no quiere hacerlo tanto?

    No soy quien para decirle a nadie por qué se excusa, ni quiero sumar a las mil estrategias de “cómo ser más productivo”. Existen miles de formas de desbloquear la mente: en redes, podcasts, conferencias, libros… Yo, que soy una persona ordinariamente normal, solo puedo decir lo que pienso. Lo que reflexiono sobre el tiempo y lo que hacemos con él.

    Hoy salí temprano a pasear en bicicleta y tomé mates junto al mar viendo el amanecer. “Privilegios de unos pocos”, dirán. ¿O será el resultado de cientos de decisiones?

    Pensé en lo lindo que es “tener tiempo”. Vengo de Madrid, donde “no hay tiempo para nada”. Pero las 24 horas del día son las mismas.

    Podría escribir un sinfín de pros y contras entre un lugar y otro, pero sacando las obviedades de distancias, trabajos y demás… incluso aquí, en esta ciudad costera, hay personas que tampoco tienen tiempo.

    Y el tiempo sigue siendo el mismo para ellos y para mí.

    Tal vez “no tengo tiempo” debería cambiarse por:

    “No tengo tiempo de poder ser”.

    Tiempo tenemos todos, pero…

    ¿Tenés tiempo para poder ser hoy?

    ¿Te das el tiempo para ser quien querés ser en el presente?

    A veces nuestro afán por hacerlo todo, por llenarnos de planes indiscriminados, “no nos deja tiempo”.¿Podríamos separar un tiempo para no hacer nada?

    Nos olvidamos de que en ese espacio vacío —ese aire entre obligación y obligación— es donde realmente podemos ser.

    Si ocupás todo tu tiempo en algo, y encima es algo que no te identifica, que contradice quién sos y tu esencia… es probable que te pierdas.

    ¿Quién soy cuando puedo ser?

    Es difícil: cuando pasás mucho tiempo sin poder ser vos, el día que finalmente estás contigo mismo te sentís ajeno. Te sentís… perdido. Esto me recuerda a una frase que me gusta mucho:

    “Cuando te pierdas, búscate en las cosas que amás.”

    Pero la mayoría empieza por aquellas cosas que “ama” o mejor dicho por lo que les trae satisfacción superficial y momentánea en el presente. Y la clave, creo yo, está en volver a aquello que te llenaba cuando eras chico; cuando dibujabas y no existía el tiempo.

    Volvé a escuchar tu canción favorita —no la que salió ayer: la de siempre.

    Leé ese libro que recomendaste mil veces pero ya ni recordás cuántos capítulos tenía.

    Jugá ese deporte que abandonaste.

    Comé ese postre que sabe a tu infancia.

    No te busques en lo que nunca hiciste; eso vendrá después, como desafío.

    Primero volvé a lo que sos.

    Nos encontramos en nuestro pasado: juntamos las piezas, lo que nos formó, lo que nos hizo ser quienes somos hoy. Con eso, recién ahí, construimos más. Buscamos quién queremos ser y enfrentamos lo que venga.

    Pero antes… date tiempo para ser.

    No hay futuro sin pasado, y no hay ningún tiempo real sin presencia.

    ¿Qué querés recordar mañana?

    ¿Que estabas preocupado por el futuro?

    ¿O querés recordarte siendo tu mejor versión del momento?

    Eso lo define lo que hagas hoy con tu tiempo.

    Yo peco un poco de nostálgica, quienes me conocen lo saben. Pero mis experiencias vividas son mis mejores lecciones. Me es imprescindible observarlas y aprender de ellas.

    No vivo el presente con el peso de una mochila pasada, sino con todo lo que soy —como bandera— para crear lo que quiero ser mañana, hoy, en tiempo presente.

  • El juego del equilibrio.

    La vida es un constante vaivén, donde mantener el equilibrio es trabajo de todos los días. Es como ese pequeño muro donde jugaba de pequeña: lo suficientemente alto para generarme miedo, pero a la altura ideal para subir sola y que la caída no termine en catástrofe.

    Yo elegía el muro. Subía entusiasmada e intentaba caminar recto sobre él, sin caerme a los lados. El muro, a la altura justa entre el desafío y la confianza, generaba vértigo una vez arriba. El suelo, a lo lejos, incomodaba… tanto, que a veces me paralizaba.

    ¿Era el miedo de caer?

    Pero jamás me quedaba inmóvil más de lo necesario. No sé si fue por enfrentar el miedo de caer a los lados o porque, muchas veces, no estaba sola: una mano tomaba la mía y me ayudaba a mantener el equilibrio.

    —¡No, no quiero ayuda!

    Repetía cuando quería hacerlo sola. ¿Por qué? Porque hacerlo sola era más gratificante, seguramente… y porque no sabía que recibir ayuda no era sinónimo de debilidad.

    Con la frente en alto y mi orgullo por delante, caminé. La confianza me llevó adelante, poniendo un pie delante del otro, hasta creer que podía correr sobre el muro sin perder el equilibrio. Pero quien con prisas va, no llega a ningún lado… y así fue como caí.

    Caí rápido; no me dio tiempo de apoyar las manos. Directo al suelo, sin nada ni nadie que amortiguara el golpe. No quise ayuda, no quise una mano… y quise correr. Las lágrimas se me atoraron, como el llanto en la garganta. Quería gritar, pero estaba demasiado avergonzada para admitirlo. El dolor del golpe me inmovilizó en el suelo, como cuando estaba sobre el muro paralizada por el vértigo. Pero esta vez lo había intentado. No cae quien no intenta… Pero a veces podemos evitarlo, o al menos amortiguar la caída.

    ¿Y si me levanto y vuelvo a caer? 

    ¿Y si no me levanto y no vuelvo a jugar?

    Lentamente resurgí del suelo. Puse un pie sobre el muro, y luego el otro, hasta ponerme de pie nuevamente sobre él. Lo volví a intentar. No quise abandonar el juego. Hundida en el abismo al lado del muro, supe que no siempre iba a volver a caer.

    Al día siguiente pasé al lado del mismo muro. Me pareció más bajo que el día anterior, y caminarlo fue más fácil. Quizás, al otro día, pude correr sobre él. Y el día siguiente a ese, escogí un muro más alto.

    Ahora sigo caminando muros, muchas veces perdida, sin saber la dirección, pero aprendí a caminar, caer y volver a intentarlo. Porque la clave está en mantener el equilibrio.